Foto del sábado

Título : Nagasaki
Autor : Desconocido; fue uno de los pilotos de los aviones B-59 responsables del bombardeo
Fecha : 9 de agosto de 1945
Nota : 240.000 muertos de forma instantánea; al menos 140.000 más después.
Para no pecar más
SALAMANCA.- Un joven de 30 años se cortó el pene y lo arrojó por el retrete en Salamanca, donde se encuentra ingresado en el Hospital Clínico Universitario, fuera de peligro salvo complicaciones y con evolución favorable en su estado de salud, informaron fuentes de la Delegación Territorial de la Junta.
El hombre, con domicilio en la calle Alarcón, en el barrio de San Bernardo de la capital salmantina, utilizó un objeto cortante la madrugada del pasado jueves para amputar su miembro viril porque “no quería pecar más”, según publica el diario ‘La Gaceta regional de Salamanca’.
Un familiar de la víctima, que se encontraba en la misma vivienda, avisó al Servicio de Emergencias a las 5.00 horas, tras lo que se desplazó hasta el lugar de los hechos una UVI móvil que trasladó al herido hasta el Complejo Hospitalario.
Por el momento se desconocen datos acerca de la identidad del joven y de si padece algún tipo de problema psicológico que pudiera haberle llevado a cortarse el pene.
¡Por favor, no padecía ningún problema psicológico! ¡Simplemente no quería pecar más! (y considerando como debió quedar el pobre miembro, probablemente no lo haga más en cierto sentido). Eso sí, una duda sustancial : ¿tiraría de la cadena?
Tempest Storm o la mujer de los pechos de $50,000
Desde el momento de su nacimiento, la pequeña Annie Blanche Banks tuvo un puntillo de originalidad. Lo digo porque vino al mundo un 29 de febrero, algo que sólo puede pasar cada cuatro años. Si alguien creyera en esas cosas, diría que Annie, al ver que iba a nacer en 1928 y que ese año era bisiesto, precipitó su nacimiento (o lo retrasó) sólamente por llamar la atención. Eso fue algo que siempre le encantó hacer, hasta el día de hoy …
En cualquier caso, en su etapa de niña Annie Blanche probablemente llegase a aborrecer llamar la atención, o vivir en aquel apestoso lugar que era el Daytona Beach de los años treinta, o algo. Porque sufrió lo indecible. Por un lado, los abusos sexuales de su malnacido padrastro; por otro, la violación en grupo que sufrió, con apenas doce años, por parte de una banda de maleantes de su barrio. Desde luego, cuando Annie se marchó de su casa para no volver tenía razones para ello. Y la vida para una jovencita huida de casa, sobre todo si esa jovencita estaba desarrollando un cuerpo de mareantes curvas, no era fácil. Había que ir comiéndose el mundo para sobrevivir, ir dando tumbos, caerse en cada esquina.
Con veinte años, Annie ya se había casado y divorciado dos veces. Llevaba seis años fuera de casa, desde los catorce; y como la policía andaba detrás de ella para devolverla al hogar paterno, al cual tenía razones de sobra para desear no volver, se casó con Rural Giddens, un soldado al que conocía desde hacía una semana, a los quince. Obviamente, el matrimonio no duró ni un mes. El segundo, con Jack Locke, otro soldado (¡eran tan abundantes los soldados en los años de la Segunda Guerra Mundial!) que le duró un año. Entre marido y marido, fue sobreviviendo como pudo con trabajos de criada y camarera en bares de mala muerte, y en míseras habitaciones de a un dólar la noche. Y entonces llegó Hollywood.
Hay que reconocer que Annie no llegó a la ciudad de los sueños con buen pie. Fue detrás de un hombre que se había encaprichado con ella y que, a los dos meses de relación, ya sufría de unos celos enfermizos y obsesivos. Al abandonarle, Annie se vio tirada en la calle de nuevo y buscando un trabajo. ¿Y qué trabajo deseaban, más que nada en el mundo, todas las chicas que pisaban el dulce Hollywood de finales de los años 40?. Annie tenía veinte años recién cumplidos, dientes estropeados, una estatura más bien baja, demasiado peso y aspecto de chica provinciana, pero estaba convencida de hacerse un hueco en el mundo del espectáculo. Todas las agencias la rechazaban por ser demasiado explícita .. y fue esa característica la que le permitiría ser, años después, una de las reinas del baile burlesque. Pero habíamos dejado a Annie en busca de trabajo.
Lo encontró en The Paddock, un nightclub donde las camareras también bailaban. El salario era jugoso : 40 dólares a la semana y no había que desvestirse. 60 dólares si había strip-tease. En 1950, Annie se cambió el nombre por el de Tempest Storm (redundando en un metafórico estallido de truenos y relámpagos) y se subió a los escenarios como profesional. Y el público se quedó boquiabierto, principalmente porque su espectacular talla de sujetador era una 105, copa DD. Y ahí poco importaba la estatura demasiado baja para ser una modelo, o los dientes desordenados o el aspecto rudo.
El nombre de Tempest Storm corrió de boca en boca por todos los nightclubs de Hollywood y llegó a los actores de moda, que casualmente se caracterizaban, generalmente, por un escaso pudor y un gusto reverencial por las mujeres. Cuando Tempest vió entre el público a Mickey Rooney, antiguo niño prodigio y por aquel entonces ya más conocido por ser un mujeriego con suerte (¡Ava Gardner! ¡había estado casado con la mismísima Ava!), supo que aquella era su oportunidad. Mickey le desagradaba horrores, pero sería su puerta a la fama. Lo fue : después de un breve affaire con el pequeño actor, en El Ray Theater de Oakland empezaron a pagarle 350 dólares a la semana. Se hizo un armario nuevo, se compró un Cadillac y se tiñó el pelo de un descarado color rojo, y fue entonces cuando empezó la leyenda.
Bajo las órdenes del director de espectáculos Lillian Hunt, Tempest protagonizaba gran cantidad de shows de strip tease y burlesque en los primeros 50, cuando conoció a Johnny del Mar, presentador y cantante de aquellos espectáculos. Tempest, que todo lo que tuvo de estrella lo tuvo de mala electora de hombres, se enamoró de él. Durante dos años estuvo a punto de perderlo todo : la fama, el talento e incluso la vida, ya que Johnny tardó poco en dejar ver su personalidad de maltratador y en amenazarla cuando, en 1955 y rodando la gran Teaserama, ella le pidió el divorcio y se aseguró los pechos en 50.000 dólares, por si las moscas.
Tras Johnny, Tempest volvió a saltar a la escena pública con numerosísimos romances escandalosos y polémicos. Su affaire con Nat King Cole hizo a toda América hacerse cruces : él era negro y estaba casado. ¿Cuál de esas dos cosas estaría peor vista?. Se ligó a un joven senador llamado John F. Kennedy poco después, y a otro gran mujeriego que pasaría a la leyenda musical como el Rey del Rock. Su nombre estaba en los mentideros de Holywood, en la prensa, en boca de todos; cada vez que una imprenta publicaba en cualquier medio el nombre de Tempest Storm su caché se multiplicaba. A finales de los años 50, contratar una semana a Tempest costaba más de 3.500 dólares. Vivía en la zona más prestigiosa de Hollywood, puerta con puerta con Marilyn Monroe y vestía los trapos más caros. Herb Jeffries, su nuevo marido, contemplaba la fuente de todo aquel dinero con desdén, aunque cuando la había conocido ella ya fuera bailarina. Y a ella no le importaba. A Herb le plantó una verdad en los morros : su trabajo sería indecente, pero él vivía de él, de su sudor y de sus espectáculos. Al resto de la gente que lo opinaba, directamente no se planteó siquiera reprenderles : a Tempest la moralina americana siempre le entró por un oído y le salió por otro.
Al contrario de otras estrellas que se desvanecieron con los años, Tempest no hizo sino revalidar su posición como reina del burlesque en la década de los sesenta y setenta. Con los cuarenta y cinco cumplidos triunfó bailando en el mismísimo Carnegie Hall. Años después, el resurgimiento de la pasión por el baile burlesque la devolvió a las portadas de las que, en realidad, nunca salió.
Tras el matrimonio con Herb, a Tempest no le quedaron ganas de seguir aguantando a más hombres. Siempre los había utilizado para sus fines profesionales, pero a partir de aquel entonces no hubo ninguna excepción más. Tempest no cree en el amor ahora, con casi ochenta años, una casa llena de recuerdos y algún espectáculo ocasional (sí, a su edad aún sigue siendo contratada).
Y sigue igual de ruda. Las viejas glorias se niegan a cambiar.
Más en
· Web : Thomas Hauser, Tempest Storm en SecondsOut
· Web : Galería de fotos en Java’s Bachelor Pad
Live fast, die young and leave a beautiful corpse
Lo raro es que TVE, siendo como es la televisión pública española (no lo olviden), no haya reaccionado con la misma agilidad para homenajear, por ejemplo, a los también recientemente fallecidos Emma Penella o Francisco Umbral. Aunque hubiese sido algo breve, a las cuatro de la mañana y en La 2.Seguramente será porque Penella y Umbral han palmado en la madurez, y tras dedicar sus vidas a labores tan aburridas e intrascendentes como el teatro y la literatura. Lo de Puerta es otra cosa: era futbolista, ha muerto joven y en directo, ha dejado un hermoso cadáver y una viuda embarazada de ocho meses.
El sueño de la moderna televisión, carne fresca para programas en descomposición, vitaminas para informativos que sueñan con el liderazgo, el empujoncito que necesita el pueblo para crear un ídolo. Y para poner en marcha los resortes de ese folclore mortuorio callejero al que los españoles somos tan aficionados.
Javier Pérez de Albéniz en El Descodificador, 30 de agosto de 2007
Put your hands up for Detroit, v. SmackEye Smith (2007)
Vía Llámame Lola :
Vídeo de SmackEye Smith,
música de Fedde le Grand,
y la estupenda imagen de Tempest Storm y otras chicas de las que algún día hablaré ![]()
¿Morir? ¿Yo?

Nino Manfredi, el Enterrador : Carmen, ¿te gusta?
Emma Penella, Carmen : (asiente)
NM : Bonito paisaje.
EP : …
NM : ¿A tí dónde te gustaría morir?
EP : ¡¿Morir?!
NM : Sí.
EP : ¡¿Yo?!
El Verdugo (1963), Luis G. Berlanga
La Bella Otero (1868 – 1965)

Ya llega la bailarina :
soberbia y pálida llega.
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal : es divina.
José Martí, Versos sencillos (1891)
Cuando en la madrugada del 10 abril de 1965 murió la vieja loca solitaria que desde hacía años malvivía en una diminuta habitación de un antiguo hotel de Niza, nadie lloró. No hubo llantos, ni flores, ni bellos funerales, ni se derramó tinta en los diarios, ni los altos mandatarios del mundo llevaron luto ni público ni privado. No hubo hermosa nota necrológica ni hubo epitafio para la historia. Aún hoy, cuarenta y dos años después, en la sencilla tumba donde reposa la vieja sólo se lee C. Otero.
A la mujer que un día fue, desde luego, no le hubiera gustado saber que así iba a ser el fin de sus días.
Agustina Otero Iglesias nació en noviembre de 1868, en un pequeño pueblo de Pontevedra donde el hambre y la pobreza eran más frecuentes que la felicidad; en uno de esos pueblos donde quien destaca, por una u otras causas, desata las iras enrabietadas del resto de los vecinos porque, en la triste existencia de éstos, lo único que se considera bueno es dejarse llevar, pasar desapercibido, con sobriedad y amargo silencio. En una de esas aldeas, en fin, de las que estaba llena la Galicia de mediados del siglo XIX. Y allí, la pequeña Agustina era una más. Una más de los hermanos Otero, hijos de madre soltera, que se hacinaban en una pequeña cabaña de apenas 40 metros cuadrados.
La pequeña Agustina dejó de ser una vecina de Valga (que así se llamaba su aldea) común cuando, con apenas diez años, un desalmado la abordó en un camino y la violó brutalmente, dejándola inconsciente y haciéndole sufrir una hemorragia que la tuvo al borde de la muerte durante varios días. El violador fue encarcelado, pero los pueblos como Valga solían caracterizarse, en la época, por ser maledicentes y brutos : si Agustina ya no era virgen, aunque tuviera diez años de edad, Agustina ya no tenía por qué ser respetada por nadie. Y los comentarios la hicieron madurar demasiado rápido.
Cuando un teatro de cómicos portugueses visitó las proximidades de Valga, una jovencísima Agustina vio la posibilidad de huir de las habladurías y del hambre. Con doce años, la niña ya era vistosa y bonita, y los cómicos la aceptaron bien. Bailaba como si el demonio se la llevase, por y paralos hombres que continuamente iban en su búsqueda. En épocas de hambre, sobre todo después de dejar el circo ambulante, recurrir a la prostitución era algo que reportaba a Agustina mucho y muy fácil dinero. Las correrías llevaron a la muchacha hasta Francia, el país de la libertad, de la Belle Èpoque, de la alegría de finales del XIX; y allí ideó la primera de las muchas mentiras : su nombre, a partir de entonces, sería Carolina.
Ahora baila, petite!!. Ferdinand Bellini se enamoró de una Carolina Otero, a la sazón de 24 años, recién llegada a París con sus contundentes y casi perfectas medidas (97-53-92, según relató el mismo maestro), cuando tras esa orden la joven empezó a contorsionarse de forma exótica y sensual para él. Era el inicio de una carrera fulgurante por todos los cabarets de París, de una leyenda viva y tan sexual que muchos hombres se quitarían la vida por no obtener sus favores.
Pero la vida misma de Carolina era una invención. A medida de que fue conociendo el lujo y el dulce de la elegancia, de las fiestas de sociedad y del amor de los grandes mandatarios mundiales, sus mentiras fueron creciendo. Decía que había sido una condesa, que había sido víctima de un romántico secuestro y que desde pequeña alternaba en la corte del rey de España. Y tanto los franceses como los americanos, entre los que tuvo innumerables amantes, se lo creyeron. Carolina bailaba, bailaba como las sirenas nadan en las profundidades del mar, como las serpientes, y entre tanto amaba. Por sus brazos pasaron multitud de hombres que la colmaron de deseos, joyas, dinero y placeres.
La amó William Vanderbilt (y lo hizo por siempre); lo hizo Alberto de Mónaco, que la aficionó a la ostentosa vida de los casinos, Leopoldo de Bélgica, Alfonso XIII, el príncipe de Gales y el káiser Guillermo; el mismísimo zar de todas las Rusias Nicolás (el del destino aciago), el feísimo pero dadivoso barón de Ollstreder (ella llegó a decir : ¡no puede llamarse feo a un hombre que hace tan buenos regalos!), Boni de Castellane (el único hombre que la humilló), Aristide Briand, y tantos otros.

A finales de siglo, el nombre de Carolina se transformó, en los carteles, en La Bella Otero, la bailarina más deseada de toda aquella ciudad que pisase. Fue musa del Folies Bergère; reina de Moscú, actriz respetada y alabada en Inglaterra, en Estados Unidos, en medio mundo. José Martí le dedicó dos estrofas de su poema más conocido y el mundo se moría por verla actuar. Carolina lo daba todo sin ser de nadie ni de nada. Vestida con extravagante lujo de joyas auténticas y trajes imposibles, dejando ver su cuerpo con escuetos camisones transparentes de piedras preciosas engarzadas, la Bella era el espectáculo más hermoso que se pudiera contemplar en las postrimerías del revuelto siglo XIX.
¡Ah! … ¡pero incluso ella era humana!. Ella, que había tenido la vida de tantos hombres en sus manos, que los había vuelto locos para sacarles todo cuanto pudiera, que nunca había amado a nadie (ni amaría jamás), se convirtió en esclava del juego, de los casinos, de las ruletas, de las cartas, de Montecarlo, del color rojo al que, decían, siempre jugaba sin excepción. La Bella contaba, a sus treinta años en 1898, con una de las fortunas más importantes del mundo en aquellos momentos. Riqueza en joyas, en amantes, en dinero, en propiedades y en popularidad. Había llegado a alcanzar esa cantidad de posesión de dinero indignante, esa que hace tirarlo por aburrimiento y exceso de bienes en el haber de uno. De modo que Carolina empezó a jugar, que era lo único que le proporcionaba placer .. y que lamentablemente nunca la sació.
Las cantidades de dinero que se movían en el Casino de Montecarlo cuando la Bella aparecía por allí con alguno de sus amantes y valedores llegaban a superar, como indicó el periodista Jacques Charles, el sueldo de un año entero del trabajo de una persona de clase media-alta … por hora. Pronto se empezó a comentar que Carolina perdía demasiado dinero en aquellas correrías nocturnas que duraban, a veces, semanas enteras y que incluían a los más importantes personajes de la actualidad en aquel momento. Se dijo que, una noche, cuando aún era deseable y deseada, había ofrecido sus servicios sexuales a al menos once hombres presentes en el casino de París, donde había perdido millones de francos; media hora dedicada a cada uno; se comenta que, ya más mayor, llegó a poner en venta sus nalgas en el mismo casino donde estaba teniendo una especial mala noche. En 50 años, los que transcurrieron del momento de punto álgido de su carrera hasta su ruina total, perdería cuarenta millones de dólares de la época … sólo en efectivo.
Retirada en la Primera Guerra Mundial, con el deseo de que el mundo la recordara bella y joven, perdió su lujosa residencia en Niza, Villa Carolina, en 1948, cuando las deudas de juego ya apretaban tanto como el hambre que, de niña, la vida en Galicia le había dado. Pero la Otero era orgullosa y altiva : rechazó con antipatía los ofrecimientos de ayuda que su familia le hizo desde allí; se negó a volver a España y sólo aceptó, en última estancia, la ayuda del Casino de Montecarlo. Agradecido (¿y cómo no estarlo?) por las cantidades que la Bella había dejado entre sus paredes en todos aquellos años, le financió, por el resto de sus días, la diminuta habitación en la que apenas cabía una cama, una mesilla, una pequeña cocina y un modesto baño y en la que, casi veinte años después, moriría Carolina.
Los periódicos la enterraron multitud de veces antes de la definitiva. Los vecinos nunca llegaron a entender la magnitud de fama y riqueza que había tenido aquella vieja loca que alimentaba a las palomas como única afición. Los amantes murieron; las rivales también. Carolina tuvo una vida larga y sólo por unos años dichosa. El resto de su existencia, como todas las mentiras que dijo sobre ella, fue una mera invención, una sombra de algo que nunca fue.
Lo último que pudo comprar fue su propia sepultura.
A Carolina Otero, la bellísima gallega de movimientos sinuosos, la serpiente de cascabel española, la sirena de los suicidios; a la leyenda de la belleza suprema que nunca amó a nadie, no la recordaba nadie ya.

Carolina Otero increpando a un fotógrafo
en los últimos años de su vida, en Niza
Más en
· Web : Wikipedia
· Película : La bella Otero (1954), de Richard Pottier
· Libro : Posadas, Carmen. La bella Otero, Planeta Ed., Barcelona 2001