La Bella Otero (1868 – 1965)

27 Agosto, 2007 at 7:50 pm (Gente)

Ya llega la bailarina :
soberbia y pálida llega.
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal : es divina.

José Martí, Versos sencillos (1891)

Cuando en la madrugada del 10 abril de 1965 murió la vieja loca solitaria que desde hacía años malvivía en una diminuta habitación de un antiguo hotel de Niza, nadie lloró. No hubo llantos, ni flores, ni bellos funerales, ni se derramó tinta en los diarios, ni los altos mandatarios del mundo llevaron luto ni público ni privado. No hubo hermosa nota necrológica ni hubo epitafio para la historia. Aún hoy, cuarenta y dos años después, en la sencilla tumba donde reposa la vieja sólo se lee C. Otero.

A la mujer que un día fue, desde luego, no le hubiera gustado saber que así iba a ser el fin de sus días.

Agustina Otero Iglesias nació en noviembre de 1868, en un pequeño pueblo de Pontevedra donde el hambre y la pobreza eran más frecuentes que la felicidad; en uno de esos pueblos donde quien destaca, por una u otras causas, desata las iras enrabietadas del resto de los vecinos porque, en la triste existencia de éstos, lo único que se considera bueno es dejarse llevar, pasar desapercibido, con sobriedad y amargo silencio. En una de esas aldeas, en fin, de las que estaba llena la Galicia de mediados del siglo XIX. Y allí, la pequeña Agustina era una más. Una más de los hermanos Otero, hijos de madre soltera, que se hacinaban en una pequeña cabaña de apenas 40 metros cuadrados.

La pequeña Agustina dejó de ser una vecina de Valga (que así se llamaba su aldea) común cuando, con apenas diez años, un desalmado la abordó en un camino y la violó brutalmente, dejándola inconsciente y haciéndole sufrir una hemorragia que la tuvo al borde de la muerte durante varios días. El violador fue encarcelado, pero los pueblos como Valga solían caracterizarse, en la época, por ser maledicentes y brutos : si Agustina ya no era virgen, aunque tuviera diez años de edad, Agustina ya no tenía por qué ser respetada por nadie. Y los comentarios la hicieron madurar demasiado rápido.

Cuando un teatro de cómicos portugueses visitó las proximidades de Valga, una jovencísima Agustina vio la posibilidad de huir de las habladurías y del hambre. Con doce años, la niña ya era vistosa y bonita, y los cómicos la aceptaron bien. Bailaba como si el demonio se la llevase, por y paralos hombres que continuamente iban en su búsqueda. En épocas de hambre, sobre todo después de dejar el circo ambulante, recurrir a la prostitución era algo que reportaba a Agustina mucho y muy fácil dinero. Las correrías llevaron a la muchacha hasta Francia, el país de la libertad, de la Belle Èpoque, de la alegría de finales del XIX; y allí ideó la primera de las muchas mentiras : su nombre, a partir de entonces, sería Carolina.

Ahora baila, petite!!. Ferdinand Bellini se enamoró de una Carolina Otero, a la sazón de 24 años, recién llegada a París con sus contundentes y casi perfectas medidas (97-53-92, según relató el mismo maestro), cuando tras esa orden la joven empezó a contorsionarse de forma exótica y sensual para él. Era el inicio de una carrera fulgurante por todos los cabarets de París, de una leyenda viva y tan sexual que muchos hombres se quitarían la vida por no obtener sus favores.

Pero la vida misma de Carolina era una invención. A medida de que fue conociendo el lujo y el dulce de la elegancia, de las fiestas de sociedad y del amor de los grandes mandatarios mundiales, sus mentiras fueron creciendo. Decía que había sido una condesa, que había sido víctima de un romántico secuestro y que desde pequeña alternaba en la corte del rey de España. Y tanto los franceses como los americanos, entre los que tuvo innumerables amantes, se lo creyeron. Carolina bailaba, bailaba como las sirenas nadan en las profundidades del mar, como las serpientes, y entre tanto amaba. Por sus brazos pasaron multitud de hombres que la colmaron de deseos, joyas, dinero y placeres.

La amó William Vanderbilt (y lo hizo por siempre); lo hizo Alberto de Mónaco, que la aficionó a la ostentosa vida de los casinos, Leopoldo de Bélgica, Alfonso XIII, el príncipe de Gales y el káiser Guillermo; el mismísimo zar de todas las Rusias Nicolás (el del destino aciago), el feísimo pero dadivoso barón de Ollstreder (ella llegó a decir : ¡no puede llamarse feo a un hombre que hace tan buenos regalos!), Boni de Castellane (el único hombre que la humilló), Aristide Briand, y tantos otros.

A finales de siglo, el nombre de Carolina se transformó, en los carteles, en La Bella Otero, la bailarina más deseada de toda aquella ciudad que pisase. Fue musa del Folies Bergère; reina de Moscú, actriz respetada y alabada en Inglaterra, en Estados Unidos, en medio mundo. José Martí le dedicó dos estrofas de su poema más conocido y el mundo se moría por verla actuar. Carolina lo daba todo sin ser de nadie ni de nada. Vestida con extravagante lujo de joyas auténticas y trajes imposibles, dejando ver su cuerpo con escuetos camisones transparentes de piedras preciosas engarzadas, la Bella era el espectáculo más hermoso que se pudiera contemplar en las postrimerías del revuelto siglo XIX.
¡Ah! … ¡pero incluso ella era humana!. Ella, que había tenido la vida de tantos hombres en sus manos, que los había vuelto locos para sacarles todo cuanto pudiera, que nunca había amado a nadie (ni amaría jamás), se convirtió en esclava del juego, de los casinos, de las ruletas, de las cartas, de Montecarlo, del color rojo al que, decían, siempre jugaba sin excepción. La Bella contaba, a sus treinta años en 1898, con una de las fortunas más importantes del mundo en aquellos momentos. Riqueza en joyas, en amantes, en dinero, en propiedades y en popularidad. Había llegado a alcanzar esa cantidad de posesión de dinero indignante, esa que hace tirarlo por aburrimiento y exceso de bienes en el haber de uno. De modo que Carolina empezó a jugar, que era lo único que le proporcionaba placer .. y que lamentablemente nunca la sació.

 Las cantidades de dinero que se movían en el Casino de Montecarlo cuando la Bella aparecía por allí con alguno de sus amantes y valedores llegaban a superar, como indicó el periodista Jacques Charles, el sueldo de un año entero del trabajo de una persona de clase media-alta … por hora. Pronto se empezó a comentar que Carolina perdía demasiado dinero en aquellas correrías nocturnas que duraban, a veces, semanas enteras y que incluían a los más importantes personajes de la actualidad en aquel momento. Se dijo que, una noche, cuando aún era deseable y deseada, había ofrecido sus servicios sexuales a al menos once hombres presentes en el casino de París, donde había perdido millones de francos; media hora dedicada a cada uno; se comenta que, ya más mayor, llegó a poner en venta sus nalgas en el mismo casino donde estaba teniendo una especial mala noche. En 50 años, los que transcurrieron del momento de punto álgido de su carrera hasta su ruina total, perdería cuarenta millones de dólares de la época … sólo en efectivo.

 Retirada en la Primera Guerra Mundial, con el deseo de que el mundo la recordara bella y joven, perdió su lujosa residencia en Niza, Villa Carolina, en 1948, cuando las deudas de juego ya apretaban tanto como el hambre que, de niña, la vida en Galicia le había dado. Pero la Otero era orgullosa y altiva : rechazó con antipatía los ofrecimientos de ayuda que su familia le hizo desde allí; se negó a volver a España y sólo aceptó, en última estancia, la ayuda del Casino de Montecarlo. Agradecido (¿y cómo no estarlo?) por las cantidades que la Bella había dejado entre sus paredes en todos aquellos años, le financió, por el resto de sus días, la diminuta habitación en la que apenas cabía una cama, una mesilla, una pequeña cocina y un modesto baño y en la que, casi veinte años después, moriría Carolina.

 Los periódicos la enterraron multitud de veces antes de la definitiva. Los vecinos nunca llegaron a entender la magnitud de fama y riqueza que había tenido aquella vieja loca que alimentaba a las palomas como única afición. Los amantes murieron; las rivales también. Carolina tuvo una vida larga y sólo por unos años dichosa. El resto de su existencia, como todas las mentiras que dijo sobre ella, fue una mera invención, una sombra de algo que nunca fue.

Lo último que pudo comprar fue su propia sepultura.

A Carolina Otero, la bellísima gallega de movimientos sinuosos, la serpiente de cascabel española, la sirena de los suicidios; a la leyenda de la belleza suprema que nunca amó a nadie, no la recordaba nadie ya.


Carolina Otero increpando a un fotógrafo
en los últimos años de su vida, en Niza

Más en

· Web : Wikipedia
· Película : La bella Otero (1954), de Richard Pottier
· Libro : Posadas, Carmen. La bella Otero, Planeta Ed., Barcelona 2001

3 comentarios

  1. victor dijo:

    Danza sencilla
    Poema (muy del posmoderno siglo) XXI
    Por Alejandro Bogor Jiménez, poeta paisano.
    A Carolina Otero, en su cumpleaños 140.*

    (…) Baila muy bien la española:
    Es blanco y rojo el mantón:
    ¡Vuelve, fosca, a su rincón
    El alma trémula y sola!
    José Martí: Versos sencillos, New York, 1891.

    (…) Und plötz lich ist er Flamme, ganz und gar. (…)
    und flammt nocht immer und ergiebt sicht nicht-. (…)
    Rainer María Rilke: La bailarina española, París, junio de 1906.

    Dice una voz popular:
    Bailar bien, cantar sencillo:

    Del fondo, de su rincón
    Salta sola hecha palabra
    La valguesa en llamas. Labra
    Como un incendio el mantón.

    No danza la Bella Otero:
    Viva, gira en cada letra,
    Y arde más si la penetra
    Este siglo zalamero.

    Inflamadora del verso
    Del cubano que padece,
    Monta en Rilke y se le ofrece
    Triunfal, rumbo al Universo.

    Yo –u otro– doy el cantar (¡soy suyo!),
    Y ella y yo: fusión, bandera
    Global. Marca es de nuestra Era.
    Nadie, pues, diga: ¡Soruyo!

    Con baile al anochecer,
    Sol guaseño, mar, montaña,
    Dos pueblos…, ¿acaso extraña
    Leude biblias tal mujer?

    En París, New York, Galicia;
    Tal Guantánamo y La Habana
    Nombra el aire la campana
    De su nombre sin malicia:

    -¡Gallega, divina, humana:
    Tu leyenda fogarina
    Talla el alma como espina
    Pirografiando su diana!

    -Juega certera tu suerte
    Un rizo de eternidad:
    Escritura de verdad
    Del nacimiento a la muerte.

    -Ningún alcume, paisana,
    Mancha tu ceja de mora
    Que te inscribe tentadora
    Donde la vida es más sana.

    -Ni en Niza apagó tu pie
    -Flor que fue en Ponte de Valga-,
    El convite de tus nalgas
    A salvo en sueño con fe.

    -Siempre vuelves, Carolina:
    En prosa, verso, suspiro;
    Siempre fogoso el respiro
    Del alma en la oreja fina.

    El gesto cede y se extraña:
    Ya sus pies pisan ceniza;
    ¡Sube al fondo, toda risa,
    La bailaora de España!

    Ritmo fácil, estribillo
    Y algo más para quedar.

    Guantánamo, domingo 10 de febrero de 2008.

  2. Mara Jade dijo:

    Alguien sabe dónde está enterrada?

  3. victor dijo:

    en niza está su tumba.

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